ACERCA DE QUERERSE A UN@ MISM@

cache_2438335988En los últimos tiempos, me vengo encontrando con que bastantes pacientes y algún@s que vienen a su primera entrevista, expresan que tienen la autoestima baja (no sé si tiene relación directa con los tiempos que estamos viviendo o que yo pongo el foco especialmente en ello).

Aunque puedo suponer a qué se refieren cuando lo mencionan, de entrada a mí la palabra “autoestima” me da grima, me lanza de cabeza a algunos libros de autoayuda que, a menudo, provocan en mí el mismo efecto. Yo prefiero hablar en términos de: ponerse a favor de sí mism@, tratarse bien, cuidarse, alejarse de aquello que le daña, atender las propias necesidades, o, si es el caso, no darse nada de eso.

Leía el otro día en una revista: “Recetas para la autoestima: “escúchate a ti mismo más que a los demás”, “convierte lo negativo en positivo”, “date una oportunidad y reconoce tus cualidades”, “acéptate tal como eres”, “acepta tus sentimientos”, “cuida de ti mismo”, “atiende tus necesidades”, “alimenta tu cuerpo, alimenta tu espíritu”, “mantente en movimiento”, “alivia las tensiones” y “abandona tu ira”. ¡Casi nada!

Si en algo nos caracterizamos lo gestálticos es que, en principio, no aconsejamos al paciente qué tiene o qué no tiene que hacer. Pero, más allá de ello, en el caso que nos ocupa, recomendar a alguien que no se quiere a sí mismo, que haga todo eso, no tiene ningún sentido más que conseguir que se sienta mucho peor por no hacerlo. Además, ¡ojalá! fuera tan sencillo.
Yo entiendo que el grado de autoestima, o lo que es lo mismo, el interés que pongamos en cuidarnos a nosotros mismos, en tratarnos bien, en ponernos a favor de nuestras necesidades, etc., de entrada, siempre será proporcional al buen amor que recibimos de niñ@s. Hablo de buen amor para referirme a haber sido vistos por ser quiénes éramos realmente, respetados en ello, amados sin más expectativas,  atendidos en nuestros intereses y valorados, sin condiciones y sin ser utilizados. Pero lamentablemente, muy pocas veces todo eso se da limpiamente, ya que nuestros padres a su vez, fueron hijos de alguien que tampoco supo quererlos bien, que a su vez fueron hijos de alguien que…, y así indefinidamente.

Nos creímos a nuestros papás porque confiábamos en ellos. Para ser aceptados y amados, nos convertimos en lo que ellos esperaban y aquello que recibimos, fuera agradable o desagradable, era con lo que nos íbamos identificando. Si nos quisieron bien, nos sentíamos queribles, y si no nos quisieron bien, el mensaje que recibimos era que no nos lo merecíamos.  No podíamos poner en cuestión a aquellos de quiénes dependíamos, ya que para poder sobrevivir necesitábamos confiar ciegamente en ellos.

Y con esas creencias en la mochila seguimos el camino, reproduciendo siempre aquello que conocemos, aunque sea doloroso. Pero repito: es lo que conocemos, y lo conocido nos da sentido de pertenencia y por lo tanto seguridad.

El amor que un día recibimos, será la medida de amor que podamos tolerar, ¡ni más ni menos! Y nos encargaremos de reproducir situaciones que nos devuelvan que somos queribles o no, y en éste último caso, cuando nos encontremos con alguien que sí nos está queriendo, no le vamos a creer, o no nos va a interesar,  ya que no encaja con lo que nuestros papás nos devolvieron (me vengo preguntando recientemente si  también será por lealtad a ellos). En fin, la cuestión es seguir instalados en un lugar familiar.

Y todo lo expuesto, para acabar diciendo que el proceso terapéutico ayuda, y mucho, a ir transformando la baja autoestima en autoestima. ¿Cómo?, pues -además de que el mismo proceso irá poniendo de manifiesto nuestra carencia y nos ayudará a ir mirándola y reconociéndola- recibiendo la mirada limpia del terapeuta y “aguantando el tirón”. Con ello quiero decir que, en un principio un@ se puede rebotar, no creérselo, boicotearlo, negarlo, tener ganas de salir corriendo, etc. Pero si le damos el tiempo necesario a esa “buena mirada” (de aceptación y, si se da, amorosa), para que pueda penetrar lo suficiente y nos abra la herida de no haber sido mirados de ese modo por papá y/o mamá, sin duda, nos transformamos. Y eso, cuando puede darse, es  para mí  el más valioso tesoro del encuentro terapéutico.

Mea Culpa

Hablar de culpa es ponerle palabras a algo que en mayor o menor medida todos conocemos. Sabemos que la religión se ocupó activamente de sembrarla. De hecho estamos estigmatizados desde que nacemos por ser frutos del pecado original, ya estamos entrenados desde nuestra concepción ¡¡menuda cruz!!

Considero que la culpa no es un sentimiento ni una emoción, sino una acción. Es algo que nos hacemos a nosotros mismos, o mejor, algo que hacemos en contra de nosotros. Y no me voy a ocupar de aquella culpa que tiene que ver con asumir la responsabilidad de una falta e intentar repararla (que refleja madurez y salud mental), sino de la culpa estéril e inconsciente que oprime solo para castigar.

Ser conscientes, de que para sufrir esta tortura una parte de nosotros tiene que sentir que se lo merece, es el primer paso para empezar a mirarla.

La culpa es el verdugo que está al servicio de aquel que cree que merece castigo.
Si nos damos el tiempo y el espacio para ver más ampliamente y nos abrirnos a la escucha de nosotros mismos, en muchas ocasiones nos encontraremos con un ser culposo que está recibiendo su castigo: el sufrimiento.

No olvidemos que el sufrimiento está ahí para aliviar nuestra culpa.

«Merecemos» ese castigo por no encajar con la imagen idealizada que nos hemos montado de nosotros mismos, o porque no somos el hijo que nuestros padres querían, o por no ser ese ser que nuestra pareja desea o por lo que sea que no encaje con nuestras expectativas o con las expectativas ajenas. Y sí, puede haber un culpabilizador externo, pero en todo caso, no haría más que reavivar el fuego que ya está prendido dentro de aquel que se siente culpable.
Algunos se ahogan en su angustia, otros entran en la espiral de la obsesión, otros se drogan, otros beben, otros se deprimen…, y más modalidades de autoagresión que, si estás leyendo esto, seguramente puedes aportar de tu propio repertorio. Pero en muchas ocasiones entramos en esos bucles tormentosos, sin saber cómo salir de ahí y sin identificar qué nos está ocurriendo, únicamente nos limitamos a sufrir (que de eso se trata…, la culpa está ahí para ello: «te lo mereces por ser mal@»).

Y bajo el ser que sufre está el enfado, la frustración y el dolor de quien necesita ser como es, diferente a la programación que tenían para él, a lo que su pareja espera, y a esa autoimagen idealizada, y que además se siente «obligado» a ser distinto para ser merecedor del «amor» de los otros y del suyo propio (entrecomillo «amor», porque ya sabemos que el verdadero amor pasa por aceptar lo que uno es).

En gestalt mantenemos la teoría que bajo el ser culposo hay alguien enfadado y muy exigente consigo mismo y también con un importante grado de omnipotencia, pero eso ya sería tema para otro capítulo.

Dice Jorge Bucay, «la culpa es un bozal que sólo encaja en los perros que no muerden».
Cuando no le damos espacio a esa rabia y nos la negamos, la estamos volviendo en contra de nosotros, eso es la culpa.

En definitiva, de lo que estoy hablando es del no permiso que nos damos para ser.

Y la conquista del permiso no es tarea fácil, ya que trabajar con las culpas implica trabajar con otros aspectos de uno mismo, y por ello también es hermosa, pues nos vamos a re-encontrar con nosotros. Siempre que apostemos por ello.

Alba Yagüe (abril 2011)

¿Para qué…?

Muy a menudo en la sesión con algún paciente algo de lo que le ocurre, de lo que expresa, de lo que trabaja, me deja resonando durante todo el día o incluso varios; ya sea porque su tema toca directamente algo mío, porque su forma de mirar su asunto me enseña una nueva manera para mí o porque tiene un “insight” que de alguna manera enciende una lucecita en mí, que alumbra algo que estaba oscuro.

Un paciente, al que llamaré Z, se debatía en la sesión sobre acudir o no a un taller y le propuse trabajar esas dos partes de sí que estaban en conflicto. Una decía que no tenía ganas de ir, que se le hacía muy pesado seguir removiendo asuntos en este momento y que tenía miedo. La otra le acusaba de cobarde por no querer enfrentarse a ello, además de que se estaba perdiendo la oportunidad de crecer y convertirse en ese sabio que tanto anhela ser.

Aproveché ese tercer personaje, el sabio, y le propuse que se identificara con él, colocándose frente a los dos. Cuando se sentó en ese cojín -que representaba al sabio- y cerró los ojos le apareció su abuelo.
Sé tu abuelo le dije:
“Soy un hombre de pueblo, me he dedicado toda la vida a labrar el campo, no sé leer ni escribir, tengo tres hijos, ocho nietos y mi casa. Llevo boina y camino con un callao”.

Le propongo al abuelo que escuche a su nieto, que le escuche en las dos posturas, la que no quiere ir al taller y la que le empuja a ir. El abuelo, con cara de desconcierto le pregunta: “pero ¿para qué quieres ir si no tienes ganas?, vaya tontería hijo…”.
Z volvió a ser ese personaje que acusaba al otro de ser cobarde y contestó: “para aprender más, para seguir creciendo y llegar a ser un sabio”.
Vuelve a ser el abuelo y de nuevo éste le pregunta: “¿Un sabio?, ¿para qué?”.
Cuando volvió para contestarle se quedó atascado, no sabía qué contestar a ese para qué…

Ahí re-conocí la fuerza que tiene esa pregunta, ¿PARA QUÉ? Conocemos la importancia de su uso en la gestalt, como una entrada al aquí y ahora y al darse cuenta, más que a justificar o a intelectualizar. Nos invita a entrar a un lugar desde el que podemos contactar con nuestro deseo más limpio, mientras que el ¿por qué? nos lleva a la cabeza. (Pruébalo; ante un mismo asunto hazte las dos preguntas: ¿por qué? y ¿para qué? y si te dejas sentir notarás que pasan cosas bien distintas). Cuando en sesión la utilizo, puedo ver en la expresión del paciente que ha sido tocado y en algunos casos desmontado, poco más hace falta que acompañarlo en ello. Yo la considero una pregunta limpia y directa, uno no puede “enrollarse”, si rendirse; y ya sabemos lo sanador que resulta no resistirse a lo verdadero. Y ese abuelo, que parecía saber mucho menos que su nieto, parece que sabía lo que le estaba preguntando…

Entonces Z recuerda que, hace unos años cuando él era un adolescente y estaba muy dedicado al atletismo, su abuelo vino desde el pueblo a verlo. Lo llevó al estadio en el que se entrenaba cada día y le dijo: “Abuelo, siéntese aquí y verá lo que hago”. Z empezó a correr alrededor del estadio, dando vueltas, una, dos, tres, cuatro, cinco, hasta que se quedó casi sin exhausto. Cuando llegó donde estaba su abuelo, apenas podía respirar y se estiró en el suelo para recuperarse. El anciano se levanta y acercándose a él le pregunta. “¿hijo, para qué has corrido tanto y has dado tantas vueltas?, si casi no puedes respirar”.
Z me cuenta que al escuchar la pregunta se enfadó mucho con su abuelo, se sintió frustrado y avergonzado.” La pregunta –dice- me llevó a ser consciente de que todo ese esfuerzo que hice corriendo para que mi abuelo me viera, era para que me admirara, para que se sintiera orgulloso de mí, en definitiva, para que mi abuelo me quisiera más”.

Entonces, le pregunté ¿para qué quieres ser un sabio? Z se quedó en silencio y me miraba.
“Llévate la pregunta -le dije- deja que te resuene esta semana y nos vemos la semana que viene”.

Cuando yo escuché al abuelo hablar a través de su nieto, preguntándole con esa inocencia y esa sencillez algo tan simple: “¿para qué?”, me encontré riéndome de mí misma y sintiendo la vergüenza de quien se siente descubierta.
Desde entonces llevo conmigo esa pregunta y hacérmela (si me acuerdo…) cuando tengo un deseo, un impulso o se me plantea una decisión, me pone directamente en contacto conmigo y me ayuda a relativizar, a quitarme presión; me ayuda también a ser más consciente y por lo tanto a no creerme tanto los cuentos que me cuento y a darme cuenta de cómo y cuánto muchas veces me complico… ¿para qué?, eso ya sería otra cuestión.

Alba Yagüe (Abril 2010)

Todo está bien… ¡¡¡ socorroooo !!!

Este escrito podría titularlo también “soy adicta a la intensidad, aaaayyy!”, o “lo que a mí me pasa es más interesante, más profundo y, por supuesto, diferente a lo que le pasa al resto”, “me aburro, ¡qué horror!”.
¿Te suena? Si te suena bienvenid@ al club al los adict@s al más PLUS (++).
Algunas personas necesitamos chutes de intensidad para mantenernos en la sensación de estar vivos. Es como si no conociéramos lugar interno lo suficientemente reconfortante y nutriente para poder relajarnos en el “todo está ok”, en la simple normalidad, sin aditivos, ni pluses.
¿¿¿¡¡¡Normalidad he dicho!!!???, noooooo, ¡¡¡horror!!!, lo que sea menos normal, ¡¡te lo ruego Señor!!, ¡¡por favor!!. ¡Yo no soy normal, soy diferente, especial, lo que me pasa sólo me pasa a mí!, ¡y tú lo sabes! El resto no podéis entenderme, aunque pongáis la mejor de las intenciones…, lo siento. Nadie conoce la verdadera angustia como yo, ni el desgarro, ni el éxtasis…
¡Cuánto volumen!
Lo guay es super-guay y lo malo, lo peor. Siempre más que tú, por supuesto, porque si soy como tú, soy una más. ¡¡Aaaay qué angustia!.
Ahí está el asunto.
Me apeo del tono caricaturesco (que tampoco lo es tanto…) y que también es saludable, y me detengo en el drama verdadero: la intolerancia de ser uno más, de ser tan pequeño o tan grande como el resto, ni por encima ni por debajo. El riesgo de sentir que el agua está en calma, sin drama, sin pasión, sin desgarro, sin lucha…, sin.
Si soy un@ más, si lo que a mí me pasa también le pasa a mi vecin@, aparece el desconcierto de encontrarme con una realidad que choca con mi creencia y mi necesidad de “ser exclusiva”. Y me encuentro con la rabia, la vergüenza y el miedo a desaparecer, a dejar de ser, a no ser vist@ y todo se vuelve gris, hueco y triste. Y si sigo aflojando un poco más, siento el alivio, aaahhhhhh…., ya que ser un@ más, es dejar de estar tan sol@, y eso los del club (++) lo necesitamos y mucho.
Benditas sean la vergüenza y la tristeza que nos normalizan, nos relajan, nos ablandan, nos esponjan, nos pone vulnerables, sin necesidad de volumen, la humedad ya aporta suficiente si la dejamos… Esas emociones son las que nos permiten, al fin, relajarnos en lo normal, lo cotidiano, lo humano, lo común. Eso a lo que tememos tanto y que nos hace depender constantemente del chute de intensidad o de estupendez (a mí me gusta llamarlo así…).
La vía está en soltar la reivindicación a ser cómo soy porque “mi padre era agresivo y mi madre no me veía…” (o por otro motivo) y arriesgarnos a morir un poquito, a no ser vistos, incluso a desaparecer y llorarlo. Llorar la pérdida desde la pequeñez de haber bajado el volumen, para ganar en libertad y en serenidad; y recordar que reaparecerá porqué lo seguirá haciendo, lo seguiremos haciendo. Y en la medida que hayamos podido atravesar ese miedo varias o muchas veces y podamos sentirnos cómodos y a salvo en lo simple, mantendremos la mano alejada del botón del volumen.
Y aquí lo dejo, meciéndome en la tristeza que me acaricia suave, en el “todo está bien” y sintiéndome mucho más relajada que cuando empecé a escribir. Es lo que tiene el respirarlo, tomar distancia, poner conciencia, y, cómo en este caso, hacer algo con ello y crear..

Alba Yagüe (mayo 2009)

 

Eso de ser terapeuta…..

Eso de ser terapeuta me está llevando en la actualidad a plantearme el tema de la importancia y de lo necesario, que es el propio trabajo personal de aquel que está acompañando a otro.
El trabajo personal como la base en la que uno es capaz de sostenerse mientras está frente al paciente. Esa  base que le viene dada por haber ocupado o seguir ocupando el mismo lugar que éste; es decir, el de alguien que siente la fragilidad y la vergüenza de desnudarse ante la mirada de quien, a su vez, se ha dejado ver por otro.
Voy a utilizar la imagen del cojín que, además de ser un símbolo gestáltico, me parece una buena metáfora, en este caso, para referirme a esa base, a ese espacio interno que el terapeuta ha ido conquistando a lo largo de su propio proceso de autoconocimiento.
Particularmente, sentarme y asentarme en ese cojín me está dando ese mayor espacio interno y, por lo tanto, bastante menos presión cuando me coloco frente a la persona que viene a terapia, además de que me permite alejarme (que no siempre) de la ansiedad de “tener que hacer algo”,  pudiendo así no estar tan “agarrada” a la caja de herramientas gestálticas, ni pretendiendo sacar de ella la mejor, la más creativa y la más adecuada (por supuesto!), para evitar salir corriendo empujada por la angustia y la vergüenza de notar mis límites. Entiendo como límites en este caso, las inseguridades, los “no sé”, los “eso me está tocando”, las resistencias, las interferencias del propio carácter, etc.
Que la persona que ejerce de terapeuta los conozca y se deje estar con ellos en la sesión, mostrándolos o no, pero presentes sobre todo para sí mismo, me parece fundamental para que pueda estar más seguro  y más blando frente al paciente, ofreciéndole a éste el espejo en el que poder mirarse, dándole el permiso para que pueda ir haciendo lo mismo (cómo los niños que aprenden por imitación, sin que explícitamente se les muestre cómo hacer).
Vemos así, que el terapeuta necesita un cojín donde poder aflojarse y ese cojín es fruto de un largo camino de trabajo personal, de años de terapia generalmente, y de supervisión; es decir, de conciencia de sí mismo. Como decía una terapeuta con la que trabajé hace unos días:  el terapeuta, para poder ir elaborando, actualizándose y saneándose de algún modo tiene que “supervisar, supervisar, y supervisar” y no olvidarse nunca de su propio proceso de autoconocimiento”.

En fin, que una de las tareas más importantes del terapeuta, o la más, es ir acompañando a la otra persona a ese lugar interno para que pueda ir sosteniendo su propia realidad, su propia fragilidad, y así vaya tejiendo su propio cojín (lo que denominamos en gestalt el auto-apoyo); y eso sólo es posible si el paciente se deja acompañar por aquel que ya viene tejiendo el suyo, como si de un mosaico se tratara, añadiéndole matices nuevos y ampliándolo, en la medida que sigue ocupándose de sí mismo.

Y para ir acabando, considero que el asunto tiene que ver principalmente con que el terapeuta se deje serfrente al paciente, en la medida que se deja ser frente a sí mismo. Ser en cuanto a asentarse en aquello que es, sin pretender que sea diferente, ni tener que reaccionar ante la intolerancia de lo que siente mientras acompaña al otro, porque es una fantasía creer que al terapeuta no le pasan cosas mientras acompaña al paciente. Es decir, que pueda estar por y para el otro, pudiendo estar a su vez con aquello que le está pasando a él. Esa conciencia de sus propios límites,  produce un eco en la persona que viene a terapia, quién va aprendiendo, si se deja, que ese poder estar con lo que siente es posible y bastante más relajado que pretender cambiarse a uno mismo, algo que casi siempre lo da el tiempo, el deseo de conocerse y de ser “paciente”, y esto va por y para los dos.

Alba Yagüe (2008)