Crisis

Todo hombre puede encenderse a si mismo una luz en la oscuridad.
Heráclito, fragmento 26

Entrar en crisis. Enfrentar una crisis. Supone afrontar los asuntos irresueltos y también los eternos temas de cada cual, aquellos donde encontramos mayores dificultades porque tocan nuestros puntos flacos, nuestros límites. Hay momentos o épocas en que la vida, de un modo u otro, nos los pone delante, por regla general, una vez más.

Podemos ver, si nos atrevemos a mirar, lo que nos da miedo. Podemos así desenmascarar nuestros fantasmas. Y contrarrestar nuestras tendencias más habituales cuando las cosas se ponen crudas, que son replegarnos para atrás –tapando, olvidando, entreteniendo, regresando a comportamientos infantiles…- o tragarnos el miedo y tirar para adelante, por encima del asunto tan temido y de nuestra debilidad. En definitiva, huir.

La cobardía, dicen – y así lo enfoca el trabajo con el Eneagrama – no es el miedo. La cobardía es el miedo al miedo: no quererlo sentir, no quererlo mirar. Así alimentamos nuestros fantasmas, nuestras fobias, con la consecuencia paradójica de que entonces, al dejarnos condicionar por nuestro deseo de huir, son nuestros temores los que conducen nuestros actos. La valentía, por el contrario, requiere ser conscientes del miedo a la vez que actuamos y enfrentamos lo temido. Como una vez le escuché a cristina Nadal, “ El miedo, cuando nos lo dejamos sentir, es una puerta” En caso de abrirla, nos damos la posibilidad de tener un encuentro con lo real que se haya más allá de lo temido. Y así, también, plantamos cara a nuestra actitud fóbica – la huida por sistema – e impedimos que se refuerce y nos reste energía. Antes bien, somos nosotros quienes nos fortalecemos al desarrollar nuestro coraje.

Enfrentar una crisis implica, en alguna medida, entrar en territorio desconocido, sentirse perdido. Y eso, claro, asusta. Pero si en algún momento nos decidimos a atravesar ese estadio, vemos que aparece una mayor apertura y quizá encontramos cierta excitación y vitalidad, el gusto de descubrir. Y es que entrar en crisis implica no sólo abrirnos a nuestros miedos, sino también, y especialmente, a nuestros deseos.

Sirve y es necesario no correr, no pretender una solución rápida – y a veces, por raro que parezca, ninguna -, solución que vendría dictada por nuestro yo más superficial y automático. Sirve abrir, soltarse en la incertidumbre y escuchar las sensaciones, los ecos y movimientos internos según nuestra conciencia se va ampliando, Y mirar de cerca allí donde querríamos, como tantas veces hemos hecho, pasar de largo. Se nos presenta entonces, al descubrir algo de nosotros mismos, la oportunidad de aprender de la experiencia, por lo tanto, de aumentar nuestro apoyo interno, nuestro sentido de autonomía.

Y ya para terminar. Miremos un momento ese asunto propio que se nos pone patas arriba o se mueve cuando entramos en crisis. Quizá podamos ver que se trata de un tema más profundo, que tiene derivaciones o se extiende hasta tocar lo que son temas universales, propios del ser humano: la muerte, la soledad, el amor, el cambio, la confianza, la vulnerabilidad… Y quizá, gracias a esa mirada más amplia, nos encontremos con que no estamos tan solos, no vivimos aislados, sino que cada cual está con los demás, y con su pedacito o su pedazo de soledad, en el mismo barco.

Inés Martínez (2005)

 

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