El reconocimiento de la propia experiencia

«Sabe más acerca del grano de mostaza aquel que ha probado un grano, que el que ha estado toda la vida viendo pasar delante de su casa caravanas de camellos cargados de granos de mostaza» (Proverbio árabe)

Considero que es vital saber estar en contacto pleno con la propia experiencia y me encuentro con que tenemos frecuentes e importantes dificultades para ello. La conciencia de la propia experiencia a menudo nos falta o está distorsionada. Sorprendentemente, aquello que experimentamos no es una evidencia para nosotros mismos, al contrario, desconfiamos de lo que vivimos y no podemos reconocerlo verdaderamente como propio. Paralelamente, se agranda nuestra ignorancia acerca de nosotros mismos y del mundo, pues nuestra principal vía de conocimiento, y de relación, que es nuestra experiencia, queda parcial o totalmente destruida*.

Ante este panorama, vale la pena considerar seriamente estas cuestiones y buscar la manera de iniciar el camino hacia su resolución. La buena noticia es que la posibilidad de conseguirlo es cierta, pues se encuentra en nuestra misma constitución: se trata de nuestra capacidad de darnos cuenta o de percatarnos. Sabemos que esta es una cualidad propia de todos los seres vivos y que en el ser humano reviste una gran complejidad, en buena medida porque tenemos la facultad de tomar distancia respecto de nosotros mismos, con la consecuencia de una particular autoconciencia y la posibilidad de relacionarnos con nosotros mismos además de con otras personas. Y con nuestra sombra, nuestros fantasmas, nuestros demonios.

Nos queda, pues, potenciar nuestra capacidad de darnos cuenta. Las ocasiones para ello son infinitas, nos las brinda la vida misma a cada momento. Claro que hay que estar presente, hay que saber estar aquí, estar en lo que se está. Entonces nos encontramos con que experienciar y darse cuenta son en cierto sentido lo mismo, no existe el uno sin el otro. Sentir, vivir ¿acaso pueden darse sin conciencia de lo vivido? El hecho de percatarnos o darnos cuenta de algo ¿no es ya en si mismo una experiencia? Por el contrario, podemos también, y lo hacemos a menudo, estrechar los márgenes de nuestra conciencia y captar justo lo que nos permite «funcionar», ir tirando, sobrevivir. Esta suerte de autoengaño es, en ocasiones, todo cuanto podemos hacer; el problema es cuando se convierte en un hábito, un sistema de funcionamiento en el que el hecho mismo de ser conscientes y estar vivos es algo que, de tan obvio, lo obviamos. Bueno es cuando podemos verlo.

Dice Goethe, «¿Qué es lo más difícil? Poder ver con los ojos lo que a la vista tienes». De donde primero recibí esta idea fue de la gestalt y particularmente de Perls quien, en su audacia, llegó a definir al neurótico como alguien incapaz de ver lo obvio y resaltó de forma realmente vívida que somos, y tenemos, nuestra capacidad de darnos cuenta, virtud mediante la cual podemos orientarnos en la vida, desarrollarnos, aprender y cambiar. ¡Casi nada! Claro que ello supone aprender a estar en contacto con la realidad y requiere, por lo tanto, un desaprendizaje de las propias manipulaciones y distorsiones perceptivas. Realizamos este proceso en la relación con los demás y con los acontecimientos de la vida, de la misma manera que aprendemos a escribir escribiendo.

Coherente con sus propias premisas, lo que la gestalt propone es: date cuenta, date cuenta de lo que te pasa, date cuenta de lo que haces y de lo que piensas, siente cómo te sientes, date cuenta de tu entorno, quédate ahí, percátate…Y qué ocurre entonces. Las experiencias más intensas y reales se dan con un darse cuenta también intensificado a la vez que abierto. Abierto quiere decir en este caso sin estar fijado a expectativas y libre de juicios. Lo más interesante, desde luego, tiene lugar aquí.

Inés Martínez

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