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  Aula Gestalt  escritos - Alba Yagüe


Todo está bien… ¡¡¡ socorroooo !!!

Este escrito podría titularlo también “soy adicta a la intensidad, aaaayyy!”, o “lo que a mí me pasa es más interesante, más profundo y, por supuesto, diferente a lo que le pasa al resto”, “me aburro, ¡qué horror!”.
¿Te suena? Si te suena bienvenid@ al club al los adict@s al más PLUS (++).
Algunas personas necesitamos chutes de intensidad para mantenernos en la sensación de estar vivos. Es como si no conociéramos lugar interno lo suficientemente reconfortante y nutriente para poder relajarnos en el “todo está ok”, en la simple normalidad, sin aditivos, ni pluses.
¿¿¿¡¡¡Normalidad he dicho!!!???, noooooo, ¡¡¡horror!!!, lo que sea menos normal, ¡¡te lo ruego Señor!!, ¡¡por favor!!. ¡Yo no soy normal, soy diferente, especial, lo que me pasa sólo me pasa a mí!, ¡y tú lo sabes! El resto no podéis entenderme, aunque pongáis la mejor de las intenciones…, lo siento. Nadie conoce la verdadera angustia como yo, ni el desgarro, ni el éxtasis…
¡Cuánto volumen!
Lo guay es super-guay y lo malo, lo peor. Siempre más que tú, por supuesto, porque si soy como tú, soy una más. ¡¡Aaaay qué angustia!.
Ahí está el asunto.
Me apeo del tono caricaturesco (que tampoco lo es tanto…) y que también es saludable, y me detengo en el drama verdadero: la intolerancia de ser uno más, de ser tan pequeño o tan grande como el resto, ni por encima ni por debajo. El riesgo de sentir que el agua está en calma, sin drama, sin pasión, sin desgarro, sin lucha…, sin.
Si soy un@ más, si lo que a mí me pasa también le pasa a mi vecin@, aparece el desconcierto de encontrarme con una realidad que choca con mi creencia y mi necesidad de “ser exclusiva”. Y me encuentro con la rabia, la vergüenza y el miedo a desaparecer, a dejar de ser, a no ser vist@ y todo se vuelve gris, hueco y triste. Y si sigo aflojando un poco más, siento el alivio, aaahhhhhh…., ya que ser un@ más, es dejar de estar tan sol@, y eso los del club (++) lo necesitamos y mucho.
Benditas sean la vergüenza y la tristeza que nos normalizan, nos relajan, nos ablandan, nos esponjan, nos pone vulnerables, sin necesidad de volumen, la humedad ya aporta suficiente si la dejamos… Esas emociones son las que nos permiten, al fin, relajarnos en lo normal, lo cotidiano, lo humano, lo común. Eso a lo que tememos tanto y que nos hace depender constantemente del chute de intensidad o de estupendez (a mí me gusta llamarlo así…).
La vía está en soltar la reivindicación a ser cómo soy porque “mi padre era agresivo y mi madre no me veía…” (o por otro motivo) y arriesgarnos a morir un poquito, a no ser vistos, incluso a desaparecer y llorarlo. Llorar la pérdida desde la pequeñez de haber bajado el volumen, para ganar en libertad y en serenidad; y recordar que reaparecerá porqué lo seguirá haciendo, lo seguiremos haciendo. Y en la medida que hayamos podido atravesar ese miedo varias o muchas veces y podamos sentirnos cómodos y a salvo en lo simple, mantendremos la mano alejada del botón del volumen.
Y aquí lo dejo, meciéndome en la tristeza que me acaricia suave, en el “todo está bien” y sintiéndome mucho más relajada que cuando empecé a escribir. Es lo que tiene el respirarlo, tomar distancia, poner conciencia, y, cómo en este caso, hacer algo con ello y crear..

Alba Yagüe (mayo 2009)

 

 




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