¿En grupo?
El grupo me aparece como lugar temido, lugar de linchamiento, de juicio final, de éxtasis, de descontrol, de desprotección, de puerto,… Estar en el mundo es estar en relación a un grupo humano. Nací en relación a un grupo, moriré en relación a un grupo. Posiblemente uno de los aspectos que me generó más marcaje ambiental está relacionado con mi posición en mi grupo inicial: ¿Fuimos víctimas o verdugos? ¿Fuimos la niña de los ojos de papá o la niña sin los ojos de papá? ¿Fuimos el líder de la banda o fuimos el poder en la sombra?... Habitualmente, tres o cuatro posiciones han sido las más visitadas por nosotros en ese proceso de especialización que es el desarrollarse. Y, aunque han pasado muchos años, cuando jugamos a pertenecer a un grupo nos ponemos las antiguas máscaras, sean o no sean las más eficientes para este momento. Y repetimos nuestra pequeña tragedia personal.
Según nuestro carácter, el contacto y la relación con el grupo estarán mediatizados por la huida, por la fusión, por la seducción, por la dominación, por la sumisión,… A mí me da por la armonización y la seducción como formación reactiva ante unos fuertes impulsos de aniquilación del otro y el gran premio del amor de la autoridad… Cada uno con lo suyo. Lo mío viene de lejos ya que mi reinado en la tierra duró cuatro días hasta que nació mi hermano pequeño, y mi hermana, y mí otro hermano… En nada me tocó compartir el paraíso. Y ya sabemos que en el paraíso no hay para todos… Así que había que organizarse; cada uno se especializó para poner tener su trocito de paraíso. Yo me puse de capitán. Un capitán a veces a lo Juana de Arco, otras a lo Calígula, otras a lo Miguel Strogoff, otras a lo Dionisio,… Siempre buscando conscientemente ese óptimo de Pareto e inconscientemente (que suena mejor) la venganza por tener que compartir ese paraíso.
Gracias a la metodología de la formación en Gestalt y a la formación del SAT, en las que se utiliza el grupo como vehículo principal para la adquisición vivencial de los conocimientos impartidos, pude trabajar en profundidad mi posición preferida y adquirir otras posibilidades. Todo ello gracias a las múltiples miradas y relaciones establecidas dentro de un ámbito en el que las reglas del juego son diferentes. Todos andábamos aprendiendo y sabíamos que ése era un espacio para la experimentación. Y claro, cuando uno no sabe hacer de soldado, es habitual que le cueste hacer de soldado. Y está claro que a uno también le va bien que le digan a la cara que se está poniendo Calígula o Ulises… aunque no siente bien. Y va de maravilla, cuando detrás de todo eso, puede aparecer uno que no quiere capitanear nada y, si el barco se tiene que hundir, que se hunda.
Y pregunté: ¿por qué me ha funcionado a mí trabajar en grupo? Y el farmacéutico me contestó: “porque el juego simbólico, la experiencia vicaria y el modelaje son tres de las herramientas básicas para el desarrollo humano”. En cristiano, jugar a polis y a cacos, ver cómo lo hacen los otros e intentar hacerlo nosotros bajo la mirada del otro ha sido un mecanismo de transmisión de sabiduría de nuestra especie. El grupo permite poner en acción la dificultad para el contacto con uno mismo y con el otro, la responsabilidad en la economía de la relación y la manera de desaparecer o aparecer en ella. Además abre un campo de experimentación previo a la puesta en práctica de tareas en las relaciones con otros significativos.
Ese desplegarme con espejos, con modelos, con muñecos de trapo, con otros corazones, con otras miradas, con otros cuerpos me ha permitido dar gasolina a mi proceso de desarrollo. ¿En grupo? Sí, en grupo.
Lluís Fusté Coetzee (Abril 2010)
|