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  Aula Gestalt  escritos - Ruth Vila


Un poco de geografía


     ¿Dónde estás tú?...
...¿en la confusión de la espesa e intangible niebla?
...¿en la calidez de una acogedora playa?
...¿en la satisfacción de haber conquistado la cima?
...¿en la duda de una encrucijada de caminos?
...¿en la negrura de una profunda gruta?
...¿en la alegría de un jardín florecido?
...¿en el frío desamparo de la estepa polar?

No parece casualidad que corrientemente hablemos de Mundo Interior al referirnos al conjunto de nuestras vivencias íntimas. Y es que, a menudo, esas palabras concretas y pequeñas que denominan los sentimientos y las emociones no alcanzan a describir y abarcar el mosaico de detalles y matices de que se compone una experiencia determinada. La riqueza que nos ofrecen la geografía y la meteorología con sus infinitos escenarios y elementos climatológicos sí puede generar una espléndida imagen del estado en que nos encontramos.

Tampoco debe ser casualidad que en ocasiones se llame Viaje al proceso terapéutico. Porque -sin entrar en cuestiones simbólicas- la terapia va de eso, de vivencias, paisajes experienciales, que uno va descubriendo y recorriendo a lo largo del proceso. Desde ese primer lugar en que uno se halla cuando solicita la terapia, el trabajo lleva a recorrer múltiples parajes: desde aquellos de los que uno huyó antaño hasta los que ni siquiera llegó a imaginar, pasando por los que sospechaba que estaban ahí y aquellos de los que no desearía marchar nunca.

Durante la sesión, mediante la expresión de todo aquello que va notando, sintiendo y pensando, el viajero va dibujando el paisaje en el que se halla al terapeuta y va haciéndole partícipe de él. El contacto honesto entre ambos es la puerta a través de la cual el paciente permite la entrada del terapeuta en su mundo.

Una vez juntos en el mundo del viajero, éste suele demandar del terapeuta (explícita o implícitamente) que le guíe. Que le diga en qué dirección debe caminar para alcanzar el jardín que desea, cuántos kilómetros quedan de desierto, de océano o de bosque, o si tras la cordillera que está escalando hay un valle, un lago, un pantano o quizá otro pico más alto. Sin embargo, el terapeuta no puede dar esas ansiadas respuestas. Simplemente no las sabe, no conoce el mundo del viajero. ¿Acaso sea eso lo más difícil de asumir por parte de ambos, paciente y terapeuta? La experiencia vital es personal e intransferible. Por ello, el objetivo de la terapia y a la vez su riqueza, es dar con los paisajes genuínos de la persona. Es decir, con sus propias respuestas.

El rol del terapeuta es el de quien hace tiempo que viaja descubriendo su propio mundo. No conoce todos sus rincones pero sí ha ido adquiriendo la experiencia de viajar en sí, de caminar. Y eso es precisamente lo que puede aportar al viajero. Digamos que lo que sí sabe es que si no se raciona el agua en el desierto se pasa sed, que un buen machete facilita el avance en la selva, que se asciende más lentamente cuanto más cerca se está de la cumbre o que sencillamente cuidando la respiración uno se cansa menos caminando.

Al igual que nuestros ancestros, quienes ampliaron progresivamente los espacios plasmados en la cartografía mediante incursiones exploratorias de las tinieblas del fin del mundo, con el caminar terapéutico se va conformando nuestro mapa interior. Es el Mapa del Autoconocimiento.

Una noche mira al cielo,
al infinito universo.
Esa es la inmensidad del cosmos...
...interior.

Ruth Vila (2000)

 

 




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